PG 153 - 155. | La Tierra en el Macrocosmos.
¿Qué es realmente la Tierra en el Macrocosmos?
En los estudios precedentes hemos examinado el devenir del comos y de la humanidad desde diversos puntos de vista. Y hemos visto cómo el hombre posee fuerzas de su ser a partir del cosmos extraterreno, con excepción de las que le otorgan su autoconciencia, que proceden de la Tierra.
Con ello hemos indicado la importancia de lo terrestre para el hombre. Y a ello hay que vincular la siguiente cuestión: ¿Qué significado tiene lo terrestre para el macrocosmos?
Para hallar una respuesta a ese interrogante habremos de dirigir la mirada a lo que ya hemos expuesto.
En la medida en que vamos retrocediendo en el pasado con la conciencia contemplativa, veremos que el macrocosmos es cada vez más vivo. Nuestra capacidad de mesura y cálculo desaparece cuando contemplamos las manifestaciones vivientes de ese macrocosmos remoto. El hombre se desgaja de esa vitalidad global y el macrocosmos va entrando cada vez más en la esfera de lo que se puede medir y pesar.
Pero con ello el macrocosmos va muriendo. En la medida en que el hombre, como microcosmos, emerge como entidad independiente del macrocosmos, este último va feneciendo.
En el presente cósmico nos hallamos con un macrocosmos muerto. Pero es ese proceso evolutivo no sólo apareció el hombre. La Tierra también surgió desde el macrocosmos.
El hombre, que debe a la Tierra las fuerzas de su autoconciencia, se halla interiormente demasiado cerca de ella para poder ver la esencia de lo terrestre con claridad. En el pleno despliegue de la autoconciencia, en la época del alma conciente, nos hemos acostumbrado a dirigir la mirada a la magnitud espacial del universo y ha considerar la Tierra como una "mota de polvo".
En el fundamento mineral de la Tierra se hallan insertos los demás reinos, el vegetal y el animal.
En todo ello viven las fuerzas que se muestran en sus diversas formas de manifestación a lo largo del curso anual. Observemos el mundo vegetal. En otoño e invierno nos muestra sus fuerzas físicas agonizantes, La conciencia contemplativa percibe, en esa forma de manifestación la esencia de las fuerzas que han llevado al macrocosmos la muerte. En primavera y verano, vemos en el mundo vegetal fuerzas crecientes y brotantes. La conciencia contemplativa percibe en ellas no solamente lo que hace surgir la bendición vegetal durante el año, sino una superabundacia de fuerzas. Y ese superávit es el que constituye la fuerza germinal. Las plantas contienen más fuerza germinal de la que necesitan para el crecimiento de las hojas, flores, frutos. La conciencia contemplativa percibe cómo esa plétora de energía germinal irradia hacia el macrocosmos extraterrestre.
También afluyen fuerzas excedentes desde el reino mineral hacia el cosmos extraterreno. Estas últimas tienen la tarea de dirigir las fuerzas emanadas por las plantas hacia los lugares adecuados en el cosmos. Bajo la influencia de las fuerzas minerales, se va generando, a partir de las fuerzas de las plantas, la imagen de un nuevo macrocosmos.
También existen fuerzas que emanan de lo animal, pero estas no actúan del mismo modo que las vegetales y minerales, es decir, irradiando desde la Tierra, sino haciendo que lo que se configura en el universo gracias a las fuerzas minerales y vegetales se aglomera en una forma esférica, y surja así la imagen de un cosmos cerrado desde todos sus lados.
La conciencia espiritual contempla de ese modo la esencia de la Tierra. Ésta se halla generando vida en el interior del macrocosmos muerto.
De la misma manera que del germen vegetal, que es tan pequeño e insignificante, vuelve a formarse toda la enorme planta, cuando ésta se marchita agonizante, del mismo modo surgirá del "grano de polvo" que llamamos Tierra un nuevo macrocosmos, cuando el antiguo se muera.
La verdadera visión del ser de la Tierra consiste en contemplar en él un mundo germinal. Y sólo se entienden los reinos naturales cuando se entienden en ellos ese aspecto germinador.
El hombre vive su existencia terrestre en el seno de esa vida germinante, y participa tanto en la vida que germina como en la que muere. El adquiere sus fuerzas de pensamiento de las fuerzas de lo muerto. Mientras en el pasado esas fuerzas pensantes procedían del macrocosmos todavía viviente, no constituían todavía el fundamento del ser humano autoconciente. Vivían como fuerzas de crecimiento en el hombre carente de conciencia de sí mismo. Para generar la base de la autoconciencia humana libre, las fuerzas del pensar no deben tener vida propia por sí mismas. Junto con el macrocosmos muerto, las fuerzas muertas (del pensar) han de apartar de sí las fuerzas vivientes del cosmos pretérito.
Por otra parte, el hombre participa en los procesos germinales de la Tierra. Las fuerzas de su voluntad salen de él, y ellas mismas son vida, pero el hombre no participa en la esencia de éstas con su autoconciencia. Irradian en el interior del ser humano introduciéndose en las sombras del pensamiento. Las fuerzas volitivas se ven inundadas por las sombras del pensamiento; y en ese flujo del pensamiento libre que se despliega en el ser terrestre germinal, se integra en el hombre la autoconciencia humana, libre y plena, durante la época del alma conciente.
El pasado, proyectando sombras, y el futuro, conteniendo gérmenes de realidad, entran en contacto dentro de la entidad humana.
Eso se hace patente ante la conciencia contemplativa en el mismo momento en que penetra en la región espiritual que colinda directamente con la región de lo físico, en aquella misma región donde encontramos la actividad de Mikael.
La vida de lo terrestre se hace transparente cuando, en su mismo fundamento, descubrimos el germen del cosmos. Toda forma vegetal, todo mineral, aparecen ante el alma humana en una nueva luz, cuando ésta descubre cómo cada uno de estos seres, con su forma y con su vida, contribuyen a que la Tierra, como unidad, sea el germen embrional de un nuevo macrocosmos que cobra vida.
Intentemos simplemente hacer lo más vivo posible el pensamiento de este hecho y sentiremos lo que ello puede significar en el fuero íntimo del hombre.
Goetheanum. Enero de 1925.
Directrices relacionadas con la exposición anterior
153- Al principio de la época del alma conciente nos hemos acostumbrado a dirigir la mirada a la magnitud física y espacial del universo, y sobre todo a sentir esa magnitud. Por ello solemos considerar la Tierra como un grano de polvo en ese poderoso universo físico.
154- Para la conciencia contemplativa, ese "grano de polvo" se muestra como el rudimento germinal de un nuevo macrocosmos en proceso de formación, mientras que el antiguo aparece ya muerto. Y debía fenecer para que el hombre pudiera separarse de él con plena autoconciencia.
155- En el presente cósmico, con las fuerzas de pensamiento que lo liberan en el mundo muerto, y con las fuerzas evolutivas que le ocultan su esencia, el hombre participa en el nuevo macrocosmos que cobra vida y que germina como ser terrestre.