Aproximación a la Navidad: El Misterio del Logos
Aproximación a la Navidad: El Misterio del Logos
Rudolf Steiner. Navidad; 1924. / GA (26)
Disponible: Enero 2026.
En el estudio que hicimos sobre el misterio de Mikael irradiaba el Misterio del Gólgota. Ello se debe a que Mikael es el poder que aproxima al hombre hacia Cristo de una manera benefactora.
Pero la misión de Mikael se repite rítmicamente en el devenir cósmico de la humanidad. De ella tuvimos una repetición que dispensa sus beneficios a la humanidad terrestre antes del Misterio del Gólgota. En esa ocasión se relacionaba con todo lo que la fuerza extraterrenal de Cristo había de manifestar activamente para el desarrollo de la humanidad en la Tierra. Después del Misterio del Gólgota presta su servicio a lo que la humanidad terrestre ha de recibir a través de Cristo, surgiendo de forma transformada y avanzada en sus repeticiones, que no dejan de ser repeticiones.
Frente a ello, el Misterio del Gólgota es un acontecimiento cósmico omniabarcante que tiene lugar una sola vez en el curso de toda evolución de la humanidad.
Cuando la humanidad llegó a desarrollar el alma intelectiva o afectiva, se activó plenamente el ya continuo peligro de que la humanidad se desgajara de lo divino-espiritual, disposición que se hallaba ya implantada en ella desde tiempos inmemoriales.
Y en la misma medida en que el alma pierde su convivencia con las entidades divino-espirituales, emerge a su alrededor lo que hoy llamamos "naturaleza".
El hombre ya no contempla la esencia humana en el cosmos divino-espiritual; contempla la obra de la divino-espiritual en la Tierra. No empieza viéndola en la forma abstracta en la que hoy la contemplamos, es decir, en seres y acontecimientos que se reúnen mediante los contenidos conceptuales abstractos que llamamos "leyes naturales", sino que la contempla como si fuera de esencia divino-espiritual, esencia que ondea en todo lo que el hombre observa como nacer y morir en los seres vivos animales, en el crecer y brotar del mundo vegetal, en todo lo que percibe en la actividad de las fuentes y ríos, en la formación del viento y nubes, etc. Todas esas actividades de seres y procesos a su alrededor son para él los gestos y hechos, el lenguaje del ser de los dioses que subyace en la "naturaleza".
E igual que antaño, en las posiciones y movimientos de los astros, el hombre contemplaba los actos y gestos de los seres divinos del cosmos del mismo modo los "hechos naturales" se convertían en expresión de la diosa de al Tierra. Porque lo divino que actuaba en la naturaleza era considerado de índole femenina.
Hasta muy entrada la Edad Media siguieron activos en el alma humana, como consumación imaginativa del alma intelectiva o afectiva, los restos de esa antigua forma de representarse las cosas.
Los entendidos hablaban de los actos de la "diosa" cuando querían comprender el "acontecer natural". Esa visión de la naturaleza viva, e internamente llena de alma, empezó a hacérsele incomprensible a la humanidad en el surgimiento gradual del alma conciente.
Y el modo en que se dirigía la mirada en esa dirección, durante la época del alma intelectiva o afectiva, nos recuerda el mito de Perséfone con el misterio que le subyace.
La hija de Démeter, Perséfone, se ve obligada por el Dios del inframundo a acompañarle a su reino. Al final, ella acaba pasando sólo la mitad del año en el mundo inferior (el Hades) y la otra mitad en el mundo de arriba.
De un modo magnífico, ese mito expresa cómo, en el remoto pasado, el hombre había percibido y conocido con la videncia onírica todo el devenir de lo terrestre.
En tiempos inmemoriales toda actividad cósmica surgía del cosmos que circundaba la Tierra. La Tierra misma estaba en proceso de formación.Iba configurando su ser en la evolución cósmica a partir de la acción de su entorno. Los seres divino-espirituales del cosmos obraban en creación. Y cuando la Tierra había alcanzado lo suficiente para convertirse en un cuerpo cósmico independiente, una entidad divino-espiritual descendió sobre ella desde el universo general y se convirtió en divinidad de la Tierra. Ese hecho cósmico lo contempló y reconoció toda la humanidad en su antigua clarividencia onírica. El Mito de Perséfone fue un resto de ese conocimiento; mito que permaneció también en la Edad media en el modo en que se buscaba penetra en la "naturaleza" con el conocimiento. Porque en ella todavía no se buscaba lo suministrado por las impresiones sensoriales como sucedería más tarde, sino que se iba en pos de las fuerzas que ascienden hacia la superficie desde las profundidades de la tierra. Y esas "fuerzas de las profundidades", las fuerzas del "mundo inferior" eran contempladas en su interacción con los efectos de los astros y los elementos del mundo cósmico que circunda la Tierra.
Ahí crecen las plantas en sus multiples formas y se revelan en su policroma manifestación. En ellas actúan las fuerzas del Sol, la Luna y los astros en colaboración con las fuerzas de las onduras terrestres. Los fundamentos para ello eran suministrados por los minerales que tienen su ser enteramente gracias a esa parte del ser cósmico que se ha hecho terrestre. Las piedras surgen del mundo inferior sólo gracias a las fuerzas celestiales que se han hecho terrestres. El mundo animal no acogió las fuerzas de las profundidades terrenales, pues surge únicamente gracias a las fuerzas cósmicas que actúan en el mundo que circundan la Tierra. Debe su ser, su crecimiento, su retoñar, su capacidad de nutrición, su posibilidades de desplazamiento, a las fuerzas solares que confluyen sobre el orbe terrestre. Puede reproducirse bajo la influencia de las fuerzas lunares que confluyen sobre nuestro planeta. Aparece en sus múltiples formas y especies, porque desde el universo las posiciones de los astros obran sobre la vida animal, generando sus multiples configuraciones. Pero los animales fueron situados en la Tierra desde el cosmos, y solo participan en lo terrestre con su conciencia crepuscular, en su génesis, en su crecimiento y en todo lo que son para poder percibir las cosas y moverse. Los animales no son seres terrestres.
Esa magna idea del devenir de la Tierra vivía antaño en la humanidad. Lo que de ello llegó a la edad media nos permite reconocer aunque en pequeña medida, dicha magnitud. Para llegar a ese conocimiento hemos de dirigir la mirada del conocimiento contemplativo a épocas muy remotas del conocimiento del pasado. Porque solo quien puede ver de forma espiritual en los documentos físicos existentes puede captar lo que realmente existía en las almas humanas.
Ahora, el hombre no está en disposición de mantenerse tan alejado de la Tierra como lo hace el mundo animal. Al expresar este hecho nos acercamos al misterio de la humanidad y al de la animalidad. Esos misterios se reflejan en el culto a los animales de los antiguos pueblos, sobre todo de los egipcios. En los animales se veían seres huéspedes de la Tierra, en los que se podía contemplar a entidades y actividades del mundo espiritual que colinda con al Tierra. Y al unir la figura humana con la animal, que se expresaba en imágenes, se representaban las formas de los seres elementales intermedios que, aunque se encaminan hacia la humanidad en el devenir del mundo, no llegan a penetrar en lo terrestre para no convertirse en humanos. Esos seres elementales intermedios existen. Al representarlos, los egipcios no hacía más que reproducir su visión. Pero esos seres no poseen la plena autoconciencia del hombre. Para alcanzarla, el hombre tenía que penetrar en el mundo terrenal con tanta intensidad que tuvo que acoger en su propio ser algo del ser terrestre.
Tenía que verse expuesto a ello, a este mundo terrestre en el que se halla la obra de los seres espirituales ligados a él, aunque sólo su obra. Y por el hecho de que en este mundo sólo se halla presente la obra desprendida de su origen, pueden penetrar en él las entidades luciféricas y ahrimánicas. Con ello, al hombre se le hace necesario dejar que la obra impregnada por Lucifer y Ahriman se convierta en parte de la propia configuración de su vida (terrestre).
Eso fue posible sin que se produjera la permanente separación de la humano de su origen divino-espiritual mientras el hombre aún no había avanzado hasta el desarrollo de su alma intelectiva o afectiva. Pero al llegar a ese punto, tuvo lugar en el hombre una corrupción de sus cuerpos físico, etéreo, y astral. La ciencia más antigua conocía esa corrupción como algo que vive en la entidad humana. Se sabía que era necesaria para que la conciencia pudiera convertirse en autoconciencia en el hombre.
En el cultivo del conocimiento que tenía lugar en los centros fundados por Alejandro Magno, vivía un aristotelismo que, debidamente entendido, llevaba consigo esa corrupción como elemento fundamental de su psicología. Sólo más tarde, esas ideas dejaron de ser entendidas en su esencia interna.
En los períodos anteriores al desarrollo del alma intelectiva y electiva, el hombre se hallaba sin embargo entrelazado con las fuerzas de su origen divino-espiritual, de tal modo que esas fuerzas, desde su región cósmica, podían mantener en la Tierra el equilibrio entre los poderes luciféricos y ahrimánicos que penetraban cada vez más en el hombre. En esa época, para colaborar en ese equilibrio, bastaba con que el hombre desplegara, en los actos sagrados de los misterios y del culto, la imagen del ser divino-espiritual que penetra en el reino de Lucifer y Ahriman y vuelve a salir de él victorioso. Por eso, en los tiempos que precedieron al Misterio del Gólgota, en los cultos de los diversos pueblos vemos representaciones, en imagen, de lo que más tarde se convertiría en realidad en el Misterio del Gólgota.
Cuando se hubo desarrollado el alma intelectiva o racional, sólo la realidad podía preservar a la entidad del hombre de separarse definitivamente de los seres divinos-espirituales de su origen. Lo divino, como entidad, había de penetrar interiormente, también dentro de lo terrestre, en la organización del alma intelectiva o afectiva que vive de lo terrenal durante la existencia terrestre. Y ello tuvo lugar cuando el Logos devino-espiritual, el Cristo, unió su destino cósmico con la Tierra para el bien de la humanidad.
Perséfone se ha sumergido en lo terrenal para evitar que el mundo vegetal se configure exclusivamente de lo terrestre. Es el descenso de un ser divino-espiritual en la naturaleza de la Tierra. También Perséfone tiene una especie de "resurrección", si bien anual y en consecuencia regular.
Ante ese acontecimiento, que sucede como algo cósmico en la Tierra, se sitúa el descenso del Logos para la humanidad. Perséfone desciende con el fin de reorientar la naturaleza hacia su origen. Y ahí ha de subyacer un ritmo; porque el acontecer natural se realiza en ritmos. El Logos desciende en la humanidad. ello sucede una sola vez durante la evolución de la humanidad. Porque esa no es más que uno de los miembros constitutivos de un gigantesco ritmo universal en el que la humanidad era algo distinto de lo que es, antes de su existencia humana, después de la cual volverá a ser algo nuevamente distinto; lo que se contrapone al acontecer de la vida vegetal en ritmos más breves, que se limita a repetirse a sí misma como tal.
La humanidad de la época del alma conciente necesita ver el Misterio del Gólgota bajo esa luz. Porque si dicho Misterio no hubiera tenido lugar, hubiera existido el peligro de que el hombre se desgajara (definitivamente del mundo espiritual) ya en la época del alma intelectiva o racional. En la época del alma conciente habría de producirse en la conciencia humana un total oscurecimiento del mundo espiritual, si el alma conciente no fuera capaz de fortalecerse lo suficiente com para mirar hacia atrás con compresión hacia su origen divino-espiritual. Más si lo consigue, descubre el Logos cósmico com ola Entidad que puede reconducirla hasta esa meta. Ella se impregna con la poderosa imagen que revela lo que ocurrió en el Gólgota.
Se empieza a comprender eso en la entrañable captación de la Navidad Cósmica que recordamos festivamente cada año. Porque el fortalecimiento del alma conciente se efectúa dejando que en el intelecto, que es el elemento anímico más frío que primero tuvimos que acoger, penetre el amor cálido. Ese amor cálido fluyendo en su nivel más elevado cuando se dirige al niño Jesús que aparece en la Tierra en la noche de la Navidad Cósmica (de la Consagración Cósmica). Con ello, el hombre ha dejado que actúe sobre su alma el supremo acto espiritual terrestre, que a su vez fue un evento físico; y ha emprendido el camino para acoger a Cristo en su interior.
Hay que reconocer la naturaleza de tal manera que, en Perséfone, o en el ser que todavía podía contemplarse hasta la alta Edad Media cuando se hablaba de "Natura", se revele la fuerza eterna del origen divino-espiritual a partir del cual ha surgido y sigue surgiendo lo natural como fundamento de la existencia humana terrestre.
El mundo humano ha de reconocerse descubriendo en él a Cristo como el eterno Logos del origen, el Logos que actúa en el desarrollo de la entidad espiritual del hombre en la región del ser divino que está unido con el hombre desde el principio.
El adecuado contenido de esa fiesta rememorativa, que se aproxima a los hombres cada ali al contemplar la Noche Cósmica Sagrada, consiste en orientar con amor el corazón humano hacia esas magnas relaciones cósmicas. Si ese amor vive el corazón humano, inflama entonces el elemento luminoso y frío del alma conciente. Si ésta permaneciera sin prender en ese fuego, el hombre nunca llegaría a su espiritualización. Moriría en el frío de la conciencia intelectual, o habría de de permanecer en una vida espiritual que no avanza hacia el desarrollo del alma conciente, quedándose estancado en el alma intelectiva o afectiva.
Pero por su propia esencia, el alma conciente no es fría. Sólo parece serlo al principio de su desarrollo, porque allí comienza por poder manifestar el aspecto luminoso de su contenido, y no todavía el calor cósmico del que ella no obstante procede.
Experimentar y sentir la Navidad de esta manera puede hacer que se haga presente en el alma la vivencia de cómo se anuncia al hombre la gloria de los seres divino-espirituales, que manifiestan sus imágenes reflejas en las amplitudes estelares, y cómo en la Tierra el hombre se libera de los poderes que quieren alejarlo de su origen.
Goetheanum. Navidad de 1924.
Directrices relacionadas con la anterior exposición
137- La actividad que tiene lugar gracias a las fuerzas de Mikael en la evolución del mundo y de la humanidad, se repite rítmicamente, antes y después del Misterio del Gólgota, si bien de forma modificada y en avance progresivo.
138- El Misterio del Gólgota es el acontecimiento más grande, único dentro de la evolución de la humanidad. No podemos hablar en ese caso de una repetición rítmica. Porque; si bien esa evolución humana se halla inserta en un gigantesco ritmo cósmico, ella constituye un miembro de largo alcance dentro de ese ritmo. Antes de que esa evolución se convirtiera en dicho miembro constitutivo, la humanidad era algo distinto a lo que hoy podemos llamar humanidad; en el futuro volverá a ser también diferente. Por consiguiente, durante la evolución de la humanidad tienen lugar múltiples acontecimientos de Mikael, pero tan sólo un acontecimiento del Gólgota.
139- El ser divino-espiritual que penetró en las profundidades de la Tierra para espiritualizar el quehacer natural, realiza ese acontecimiento en la veloz repetición rítmica del curso de un año. Provoca la animización de la naturaleza mediante las eternas fuerzas del origen que han de seguir estando activas. del mismo modo, el Cristo que ha descendido genera la animización de la humanidad con el eterno Logos del origen que nunca cesará de ejercer su acción para el bien de la humanidad.